Petit Palais
- Lctcmps

- 6 feb
- 3 Min. de lectura
Paris
4 de febrero 2026
Llevo varios años graduada como historiadora del arte, o por lo menos, fuera de la burbuja de estudiante universitaria que tanto se me acomodó por 7 años y medio. Nunca he sido muy fanática del arte griego -ese antiguo y real, que lo encontramos mayoritariamente en cerámicas y no su versión matizada y reelaborada de siglos posteriores- pero siempre que en una visita me encuentro con ello, no puedo evitar detenerme a reflexionar sobre mi relación con el arte y la historia del arte.

Comencé a dibujar y pintar seriamente, o lo que yo puedo llamar “seriamente”, porque me enamoré perdidamente del arte en mi primera visita al Museo del Prado en Madrid. Mi hermana y yo hablamos en su momento, que nuestra experiencia de ir por primera vez a Madrid, se podría comparar con la visita de Rachel -Glee- a Nueva York. Todo nuevo y como si fuera una promesa que se estaba haciendo realidad. Desde ese momento, supe que lo mío era el arte. Eso sin planificar nunca -gracias a mi privilegio familiar y económico- que, de alguna manera, en el futuro, tendría que sostenerme a mí misma bajo esa decisión. Y, se volvió, a lo único que quise dedicarme.
Desviación de carrera -de arte puro a historiadora del arte-, 5 países, 4 universidades, 1 máster y 13 años después, aquí me encuentro, igual de enamorada que el primer momento. Pero las cosas han cambiado, no sé si me dedico a algo relacionado a mi carrera -tiene que ver, pero no al cien por ciento- dibujo y pinto -sí, pero menos e incluso, se podría decir que muy de vez en cuando- no leo tanto de historia del arte -y debo admitir que me cuesta bastante concentrarme, aunque me sigue gustando- y visito exposiciones como si fueran un “evento” cuando por un tiempo eran casi una segunda piel. Ya no soy tan apasionada, ni tan comprometida ni tan estricta en mi contacto y reflexión con y sobre el arte. Pero, ¿será que alguna vez lo fui? O ¿siempre he sido medianamente mediocre y yo me creía mejor de lo que era? -Puede ser, porque antes pensaba que sabía muchísimo y, si no, tenía muchísima curiosidad por descubrirlo-.
En estos trece años, mi currículum se ha vuelto una mezcolanza. He hecho todo lo que he podido para intentar tener un poco de experiencia y complementar mis estudios. -Siempre enfocado a la historia del arte o al arte, claro-. Pero, después de años, no se ve en mi expediente algo por lo que se pueda defender a sí mismo. He dado bases para muchas cosas, pero ninguna ha cuajado y, a pesar de dar muchos años de mi vida, tampoco en la parte técnica de la creación se puede encontrar una gran ejecución. En pocas, jamás pensé que este sería el resultado de tantos años dedicados a una sola relación.
Y con todo, nótese que dije que sigo enamorada, sí. Creo que cada uno tendrá su propia visión de por qué le gustan ciertas cosas. Y aunque me cueste definirlo, siento que, en mi caso, el arte sigue siendo para mí esa forma de supervivencia. Una compañía, un entendimiento, un apoyo, un cuestionamiento, una reflexión, un refugio. Todo ello a la vez. Y, precisamente, mi visita al Petit Palais, me lo recordó.
El último de los museos gratuitos en Paris que me quedaban por ver. Con una colección relativamente pequeña, un espacio expositivo maravilloso, cómodo y amigable. Puedes pasar, en menos de una hora, desde la antigüedad griega hasta nuestra época contemporánea. Y sí, literalmente, lo tienen expuesto así. Sobre todo, amé cómo decidían intercalar entender el Paris moderno, el de hoy en día, para que entendamos sus imágenes representativas de su pasado. O, viceversa, que conociéramos lo de antes para reflexionar sobre el ahora. Casi como un juego de niños, así de simple. Y en esa sencillez, como todas las veces, me sentí abrazada. Abrazada por esa belleza, “grounded” y renovada. Supongo que tiene razón mi madre, todavía no tengo ni idea de lo que quiero para mi vida y literal, no puedo decir más. Hasta aquí puedo reflexionar.
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Lov u all!
L





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