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Las formas invisibles del cambio.

París

28 de octubre 2025

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Sentada en este pequeño estudio de pocos metros cuadrados, los que han dado acogida a mi persona estos últimos meses -con un intento fallido de tres semanas en un apartamento compartido- el recuerdo de Perfect Days (2023) me viene constantemente a la cabeza. Sobre todo, tranquilizando cierta manera mía de sobre pensar este año y la locura de vida en la que me encuentro entrelazando pequeñas supervivencias con eventos canónicos constantes.


Mi amigo José vino a verme estos últimos días y no hemos podido evitar pensar en la última vez que pudimos disfrutar tiempo presencial juntos. Fue poco tiempo antes de encontrarme yo sentada en el suelo frío y algo húmedo -como lo suele ser todo en mi tierra- de la sala del Centro de Cine. Seis meses atrás.  Hemos hablado de lo rápido que pasa el tiempo y yo he pensado en lo irreal que se me hace encontrarme conviviendo con esta ciudad tan distante y antiguamente indeseada en mi memoria y recuerdo.


El caos, la suciedad, la actividad, el mal espíritu generalizado de las personas capitalinas de una gran urbe, el trabajo subvalorado y de constante sorpresa, son el contexto de estas historias, del entre lazado que mi pensamiento genera de este largometraje conmigo. Y, en el centro, justo en medio de todo lo demás, una historia de la percepción. Del tacto, del silencio, del momento, de la suavidad, de la tranquilidad del acto repetitivo de ciertos momentos vividos en absoluta apreciación.


Dos dicotomías, de diferencias a veces irreconciliables, pero que cada vez más me parecen absolutamente inseparables. Por su realidad geográfica y física, como también su realidad metafórica y alegórica, tanto a lo largo de una vida, como en el mínimo segundo. José me ha mencionado que se me ve cambiada, bien, mejor y tranquila. De cierta manera, como me ha dicho mi amiga Lorena: con un aire de luminosidad que te sienta bien. Descripciones que no sé si son reales y que a la vez me siento sinceramente así. Supongo que no me había puesto a pensar cómo esta nueva vida, con sus pequeños momentos cotidianos, me había podido llegar a cambiar físicamente, haciendo acto representativo de lo que ha sucedido internamente.


Un poco -como siempre- el paisaje es quien me acompaña para poder entender. Hirayama dormido en el piso, rodeado de libros y aledaño a sus plantas, en una casa que a duras penas puede concentrar una persona. Representa, de manera física, el espíritu del protagonista. Mi espacio - que no podría llegar a llamarle casa, piso u hogar - hace lo mismo conmigo. Incluso, creo que crece conmigo. Poco a poco, han ido llegando cosas que a mi entender no se puede tener un hogar sin ellas. Del vacío, en blanco, temporal y ajeno; a la luz, la seguridad y al convivir. Esto precisamente sucediendo al mismo tiempo que esta nueva existencia empieza a ralentizar para darle sitio a que encaje quien soy, con quien voy siendo.


Supongo que ya era hora de que pasase, para darme cuenta de una cosa. Algo que siempre he tenido claro mentalmente y que creía haber interiorizado, pero supongo nunca deja de sorprenderte: la cantidad de diferentes existencias que se pueden dar en una sola vida. En el simple acto de vivir.


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Lov u all!

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